Piolin es chico o chica

Un hombre la penetra y otro le mordisquea los pechos mientras ella, gustosa, disfruta con el momento. Los gestos de la mujer mientras permite que disfruten de su cuerpo y su feminidad son enloquecedores. Sois deliciosas. Con el pulso a mil, cojo el vaso de vino y me lo bebo del tirón. Estoy sedienta cuando lo oigo decirme: No nos ven.

Pero ellos han permitido que se los pueda observar. La luz naranja permite ver y la luz verde te invita a participar. Mi corazón late desbocado y consigo responder: Sus cejas se levantan y pregunta: Pero yo… —Vale. Sólo que a veces juegan y experimentan algo diferente. Sin querer retirar mis ojos de ellos, los observo e, inconscientemente, un gemido sale de mi interior al ver el disfrute de aquella mujer.

Estoy excitada. Lo miro sorprendida. No respondo. Me niego. Y él, controlador de la situación, murmura cerca de mi oído: Muy bien, Jud. Sólo tienes que pedirlo y yo te lo daré.

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Como una boba, asiento. En la vida me hubiera imaginado algo así. No sé dónde detener mi mirada. Estoy tan excitada que hasta me da vergüenza admitirlo. Sólo un selecto grupo de personas podemos acceder a estas dependencias. De pronto me pongo histérica. Muy nerviosa. Intento levantarme, pero Eric me sujeta. Creo recordar que has dicho que estabas dispuesta a todo lo que yo quisiera.

Yo… yo no hago esas cosas. Sólo hay que atreverse a experimentar. Niego con la cabeza, presa de los nervios. No quiero experimentar. Con el sexo normal que conozco, me sobra y me basta. Tras unos segundos que a mí me parecen eternos, Eric aprieta los botones y los gemidos desaparecen. Unos instantes después, los cristales se vuelven oscuros y las cortinas caen. Me levanta de su regazo y me mira con el rostro serio. Te llevaré a tu casa. Media hora después y tras un extraño aunque no incómodo silencio, sólo roto por su conversación al teléfono con una mujer, llegamos a mi calle.

Se baja conmigo del coche y me acompaña. Su actitud vuelve a ser fría y distante. Sube conmigo en el ascensor. Cuando llegamos a mi puerta, quiero invitarlo a pasar, pero me interrumpe: Gracias por su compañía. Dicho esto, me besa la mano y se va. Yo me quedo excitada a las once y media de la noche y sin palabras. Casi no he dormido.

Mi mente no ha parado de pensar en el señor Zimmerman y en lo sucedido entre nosotros. La noche anterior, cuando llegué a casa, vi en diferido el partido Alemania-Italia. Estoy deseando refregarle por la cara a ese listillo la eliminación de su país. Miguel aparece y nos vamos juntos a desayunar. Pero no lo hace. Eso me desilusiona, así que, en cuanto acabamos de desayunar, regresamos a nuestros puestos de trabajo. Al llegar al despacho, Miguel se marcha a administración. Tiene que solucionar algo que el señor Zimmerman le pidió el día anterior.

Dispuesta a enfrentarme a un nuevo día, enciendo mi ordenador cuando suena mi teléfono. Es de recepción para indicarme que un joven con un ramo de flores pregunta por mí. Nerviosa, me levanto de mi silla. Nunca nadie me ha mandado flores y tengo clarísimo de quién son: Con el corazón latiendo a mil por hora veo que se abren las puertas del ascensor y un joven con una gorra roja y un precioso ramo mira la numeración de los despachos. Pero, al darse cuenta de que lo estoy mirando, aprieta el paso. Quiero gritar: El ramo es espectacular. Rosas amarillas preciosas.

El joven de la gorra roja me mira y, finalmente, asiento a su pregunta. La mandíbula se me cae al suelo. Mi gozo en un pozo. Mis breves segundos de felicidad por creerme alguien especial se han borrado de un plumazo. Pero sin querer dar a entender mi decepción cojo el ramo, lo miro y casi lloro.

Piolín | Desmotivaciones

Hubiera sido tan bonito que hubiera sido para mí… Dejo el ramo sobre mi mesa y firmo el papel que el chico me tiende. Una vez se va el mensajero, llevo las preciosas flores hasta el despacho de mi jefa. Las dejo encima de su mesa y me doy la vuelta para marcharme. Pero entonces siento que me puede la curiosidad, así que me giro, busco entre las flores la tarjeta. La abro y leo: Leer eso me pone furiosa. Pero si parece el anuncio de las Natillas: Mi humor ahora es negro.

Espero que nadie me tosa en las próximas horas o lo va a pagar muy caro. Me conozco y soy una mala arpía cuando me enfado. Pasa a mi despacho —me dice, sin mirarme. Ahora no. Pero me levanto y la sigo. Cuando entro y cierro la puerta ella ve el ramo de flores. Lo coge. Saca la tarjeta y la veo sonreír. Me pica el cuello. Jodido sarpullido. Ayer tuve una reunión muy interesante con el señor Zimmerman y van a cambiar algunas cosas en muchas de las delegaciones españolas.

Escuchar que tuvo una reunión interesante me molesta. Le atiende su secretaria, la señorita Flores. Con el corazón a mil por hora, consigo balbucear: Ni que decir tiene que mi jefa, en cuanto le digo que es él, aplaude, no sólo con las manos, y me indica que salga del despacho. Aunque antes de salir la oigo decir: Cierro la puerta. Ella era la mujer con la que hablaba en el coche. Me dejó en casa y se fue con ella. El señor Zimmerman y yo no tenemos nada.

Regreso a mi silla y vuelvo a teclear en el ordenador. No quiero pensar. En ocasiones, pensar no es bueno, y ésta es una de esas ocasiones. A la una, mi jefa sale del despacho y, tras una mirada con Miguel, él se levanta y se marchan juntos. Sé lo que van a hacer. Me centro en mi trabajo. Estoy tan cabreada que me pongo a hacerlo con mucho ímpetu y me quito de encima un montón de papeleo. Sobre las dos y media llega Óscar, uno de los vigilantes jurado que hay en la puerta de la empresa. Boquiabierta, miro el sobre cerrado con mi nombre escrito. Asiento a Óscar, y éste se va. Me quedo un rato observando el sobre y, sin saber por qué, abro un cajón y lo guardo en él.

No pienso abrirlo hasta el lunes. Es viernes. Tengo jornada continua y salgo a las tres. El teléfono suena. Lo cojo y, tras soltar toda la parafernalia de siempre, escucho al otro lado: No respondo y él añade: Por mi mente pasa decirle mil cosas.


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La primera: La segunda es peor. Señorita Flores, esa contestación no me vale. Lo oigo resoplar… Lo estoy enfadando. Lo oigo reír. Uno es para casa y otro para que lo lleves en el bolso y lo puedas utilizar en cualquier lugar y en cualquier momento. Voy al gimnasio. La comunicación se corta y yo me quedo con cara de tonta.

Mientras oigo el pitido de la línea al otro lado del teléfono, deseo soltar por mi boca cientos de improperios. Pero sólo los escucharía yo. Enfadada, cuelgo el teléfono. En ese momento, mi cuerpo reacciona y resoplo. Finalmente lo guardo en el bolso y apoyo los codos en la mesa y mi cabeza entre mis manos. Es un encanto. Leo la nota en que mi hermana me explica que le ha dado la medicación y sonrío. Qué mona es. Adormilada, me levanto y el pitido vuelve a sonar. Es el telefonillo. Soy Eric. Las seis en punto. Me pongo nerviosa.

El plato con los restos de la comida sobre la mesa, la cocina empantanada y yo tengo una pinta horrible. Quiero decirle que no. Pero no me atrevo y, tras resoplar, aprieto el botón. No me dejo los dientes en la mesa de milagro. Cojo el plato. Salto de nuevo el sillón. Dejo el plato. Le echo agua para que no se vean los restos. El timbre vuelve a sonar. Me miro en el espejo. Tengo el pelo enmarañado. Cuando abro, jadeo por las carreras que me he metido y me sorprendo al ver a Eric vestido con un vaquero y una camisa oscura. Siento cómo su mirada me recorre y pregunta: Como si fuera tonta, me apoyo en la puerta.

Menudas carreras me acabo de meter. Él me mira de arriba abajo. Estoy a punto de gritarle: Pero me sorprende cuando me dice: Me pongo roja como un tomate al mirar mis zapatillas de Bob Esponja que mi sobrina me regaló. Eric entra sin que yo lo invite. Curro se acerca. Para ser un gato es muy sociable. Eric se agacha y lo acaricia. A partir de ese momento Curro se convierte en su aliado. Cierro la puerta y me apoyo en ella. Curro es tan maravilloso que no puedo dejar de sonreír. Eric me mira, se levanta y me entrega una botella.

Asiento sin rechistar. Extasiada por su cercanía, cierro los ojos y asiento. Me pone como una moto. De pronto, me da la vuelta y quedo apoyada entre el frigorífico y él. Mi respiración se agita. Él me mira. Yo lo miro y entonces hace eso que tanto me gusta. Se agacha, acerca su lengua a mi labio superior y lo repasa. Abro mi boca a la espera de que ahora me repase el labio de abajo, pero no. Me equivoco. Me levanta entre sus brazos para tenerme a su altura y luego mete su lengua directamente en mi boca con una pasión voraz.

Incapaz de seguir colgada como un chorizo, enrosco mis piernas en su cintura y, cuando él pega su entrepierna en el centro de mi deseo, me derrito. Pero entonces separa su boca de la mía y me pregunta: Vuelvo a ponerme colorada. Vale, yo también. Sin embargo, incapaz de no responder a sus inquisidores ojos, respondo: Sin soltarme, mira en la dirección que le he dicho. Camina hacia allí conmigo enlazada a su cuerpo y me suelta. Me agita. Lo hago. Este tío va al grano. Cuando acaba de sacar los artilugios de su embalaje camina hacia la cocina y los mete bajo el grifo.

Luego, los seca con una servilleta de papel y vuelve de nuevo hacia mí y me coge de la mano. Dispuesta a llevarlo hasta el mismísimo cielo en mis brazos si fuera necesario, lo conduzco por el pasillo hasta llegar ante la puerta de mi habitación. La abro y ante nosotros queda expuesta mi bonita cama blanca comprada en Ikea.

Entramos y me suelta la mano. Su orden me hace salir del limbo de fresas y burbujitas en el que él me había sumergido y, todavía excitada, protesto: Sin apartar su mirada de mí, repite sin cambiar su gesto: Chamuscada en el horno de emociones en el que me encuentro, niego con la cabeza. Él asiente. Se levanta con cara de mala leche. Tira los artilugios que lleva en su mano sobre la cama. Al verlo pasar por mi lado, reacciono y lo agarro por el brazo. Tiro de él con fuerza. Con gesto altivo, mira mi mano en su brazo.

Entonces, lo suelto. Eso me enciende. Me fastidia. Yo soy una mujer. Una mujer independiente que sabe lo que quiere. Por ello respondo en los mismos términos: Aquella contestación lo desconcierta. Lo veo en sus ojos y en su mirada. Sin cambiar mi semblante serio, lo miro e intento no desmayarme por la tensión que acumulo en mi cuerpo.

Deseo a aquel hombre. Deseo desnudarme. Deseo que se desnude. Deseo tenerlo entre mis piernas y voy yo y le suelto: Una tensión endemoniada se cierne entre los dos. Ninguno parece querer dar su brazo a torcer, cuando mi mano busca la de él y éste, sorprendiéndome, la agarra. Lentamente y con cara de mala leche, se acerca a mí y me besa. Me pone su gesto serio. Me succiona los labios con deleite y yo le respondo poniéndome de puntillas. De nuevo se separa y se sienta en la cama. No hablamos. Sólo nos miramos. Me quito las zapatillas de Bob Esponja.

Sin pestañear, le sigue el pantalón corto que llevo y a continuación la camiseta. Me quedo ante él en ropa interior. Al ver que él respira con profundidad, me siento poderosa. Eso me gusta. Me excita. Instintivamente me acerco a él. Lo tiento. Veo que cierra los ojos y acerca su nariz a mis braguitas. Sonrío con malicia y él me imita. Con una sensualidad que yo no sabía que tenía, me bajo un tirante del sujetador, luego el otro y vuelvo a acercarme a él. Esta vez me agarra con fuerza por las nalgas y ya no puedo escapar.

Vuelve a acercar su nariz a mis braguitas y me estremezco cuando siento su aliento y un dulce mordisco en mi depilado monte de Venus. Sin hablar, levanta la cabeza y con una mano me saca del sujetador el pecho derecho. Estoy tan excitada que voy a gritar. Juguetea con mi pecho mientras yo le revuelvo el pelo y lo aprieto contra mí. Vuelvo a sentirme poderosa.

Me miro en los espejos de mi armario y la imagen es, como poco, intrigante. Cuando creo que voy a explotar, me separa de él y, sin necesidad de que diga nada, sé lo que quiere. Me quito el sujetador y las bragas y quedo totalmente desnuda ante él. Durante unos segundos veo cómo me recorre con su mirada hasta que dice: Oír su ronca voz cargada de erotismo me hace sonreír y, cuando él me tiende la mano, yo se la acepto.

Se levanta.

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Me besa y siento sus poderosas manos por todo mi cuerpo. Me deleito. Me tumba en la cama y me siento pequeña. Eric Zimmerman me mira altivo y un gemido sale de mi interior en el momento en que él me coge de las piernas y me las separa. Se quita la camisa y vuelvo a gemir. Aquel hombre es impresionante con su sensual torso. Desea que se deshaga entre sus manos y disfrutar plenamente de sus orgasmos, de su cuerpo y de toda ella.

Nunca lo olvides. Esto es un vibrador para tu clítoris. Ahora cierra los ojos y abre las piernas para mí —susurra—. Estoy asustada. Eric ve la indecisión en mis ojos. Pasa su mano delicadamente por mi barbilla y me besa. Cuando se separa de mí pregunta: Lo miro durante unos segundos. Es mi jefe. Tengo miedo a lo desconocido. Ni sé lo que me va a hacer. Pero estoy tan excitada que, finalmente, vuelvo a asentir. Me besa e, instantes después, desaparece de mi vista.

Siento cómo se acomoda entre mis piernas mientras yo miro el techo y me muerdo los labios. Estoy muy nerviosa. Nunca he estado tan expuesta a un hombre. Me besa la cara interna de los muslos mientras con delicadeza me acaricia las piernas. Luego me las dobla y cierro los ojos para no observar la imagen grotesca que debo dar.

Entonces siento sus dedos por mi vagina. Eso vuelve a estremecerme y, cuando su caliente boca se posa en ella, doy un salto. Eric comienza a mover su lengua como cuando lo hace sobre mi boca. Su lengua va a mi clítoris. Lo rodea. Lo estimula y, en el momento en que se hincha, lo coge con los labios y tira de él. Un extraño ruido que pronto identifico como el vibrador. Eric lo pasa por la cara interna de mis muslos y tiemblo de excitación.

Y, cuando lo pasa por mis labios vaginales, un electrizante gemido me hace abrir los ojos. Y tiene razón. Esa vibración, acompañada del morbo del momento, me enloquece. Con cuidado abre los pliegues de mi sexo y coloca aquel aparato sobre mi bultito, sobre mi clítoris. Me muevo. Es electrizante. Segundos después, lo retira y siento su lengua succionarme con avidez.

Pocos después, su boca se retira y vuelvo a sentir la vibración. Esta vez no encima de mi clítoris, sino al lado. De pronto, un calor enorme comienza a subirme del estómago hacia arriba. Siento que voy a estallar de placer, cuando me doy cuenta de que la vibración ha subido de potencia. El calor se concentra en mi cara y en mi sien. Respiro agitadamente. Nunca había sentido ese calor. Me siento como una flor a punto de abrirse al mundo.

Durante unos segundos boqueo como un pez. Al sentir que él se tumba sobre mí y toma mi boca resurjo de mis cenizas y lo beso. Lo deseo. Le tomo la palabra y toco su cinturón. Mi petición parece convertirse en su urgencia. La píldora. Se queda totalmente desnudo ante mí y me estremezco de placer. Eric es impresionante. Fuerte y varonil. Alargo mi mano y lo toco. Él cierra los ojos. Obediente, le hago caso mientras veo que rasga con los dientes el envoltorio de un preservativo.

Se lo coloca con celeridad y se tumba sobre mí sin hablar. Me coloca las piernas sobre sus hombros y sin dejar de mirarme a los ojos me penetra lentamente hasta el fondo. Inmóvil bajo su peso, le permito entrar en mi interior. Su pene duro y rígido me enloquece y siento cómo busca refugio con desesperación dentro de mí. Me ensarta hasta el fondo y yo jadeo cuando bambolea las caderas.

Pero él exige que le hable y para hasta que respondo: Sus ojos brillan, lo veo sonreír y yo me arqueo de placer. Eric es poderoso y posesivo. Instantes después me baja las piernas de sus hombros y me las pone a ambos lados de sus piernas. Coge mis caderas con sus fuertes manos. Abro los ojos y lo miro. Es un dios y yo me siento una simple mortal entre sus manos. No puedo evitar volver a asentir como una boba y no le quito el ojo de encima mientras, enardecida de nuevo, veo cómo se hunde una y otra vez en mi interior.

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Ver su expresión y su fuerza me enloquece. Tras varios envites que me rompen por dentro y me revuelven por completo, Eric cierra los ojos y se corre tras un gruñido sexy, mientras me aprieta contra él. Finalmente cae sobre mí. Le acaricio la cabeza, que reposa sobre mi cuerpo, con mimo y aspiro su perfume. Es varonil y me gusta. Noto su boca sobre mi pecho y eso también me gusta. No quiero moverme. No quiero que él se mueva. Pero entonces, él rueda hacia el lado derecho de la cama y me mira. Digo que sí con la cabeza. Él sonríe. Instantes después veo que se levanta y se marcha de la habitación.

Oigo la ducha. Deseo ducharme con él pero no me ha invitado. Me siento en la cama sudorosa y veo en mi reloj digital que son las siete y media. Minutos después aparece desnudo y mojado. Me sorprendo al darme cuenta de que coge los calzoncillos y se los pone. Os mandaron a casita. Eric me mira y añade: Sigue vistiéndose sin inmutarse por lo que le acabo de decir.

Irritada por su falta de tacto, tras lo que ha ocurrido entre nosotros, me pongo la camiseta y las bragas. Eso lo sorprende. Eso me avergüenza. Acabo de dejar constancia de que soy una fisgona. Soy tu jefe. Con un descaro increíble, lo miro, me encojo de hombros y respondo: Me levanto de la cama y camino hacia la cocina.

No responde. Sólo me mira, desafiante, con los ojos entornados. Furiosa lo empujo y salgo de la cocina. Quiero que te vayas de mi casa. Pero, vamos a ver: Me mira con un gesto que me impulsa a partirle la cara. Me contengo. Quedé en que te enseñaría a utilizar el vibrador. Dice eso y se queda tan pancho. Simplemente quería ser el primero en hacerlo. Esa seguridad chulesca me mata y, torciendo el gesto, replico, dispuesta a todo: Con una tranquilidad que me desconcierta, responde mientras se pone el pantalón: No me creo nada de eso.

Pero he sido el primero que ha jugado con un vibrador en tu cuerpo. Escucharlo decir aquello me excita. Me calienta. Pero no estoy dispuesta a caer en su influjo. El sexo es algo estupendo en esta vida y siempre lo he disfrutado con quien he querido, cuando he querido y como he querido. Y tiene razón, señor Zimmerman. Le tengo que dar las gracias por algo. Gracias por alegrar mi vida sexual. Lo oigo resoplar. Lo estoy cabreando. Lleva el otro vibrador que te he regalado siempre en el bolso. Eso me descoloca.

Malhumorada, me dispongo a sacar a la arpía mal hablada que hay en mí, cuando me coge por la cintura y me atrae hacia él. No puedo hacer eso. Es el señor Zimmerman y me gusta mucho. Entonces, me coge de la barbilla y me hace mirarlo a los ojos. Y antes de que pueda hacer o decir nada, saca su lengua y me la pasa por el labio superior. Después me succiona el inferior y cuando siento la dureza de su pene contra mí, murmura: Quiero que se vaya de mi casa.

Pero mi cuerpo no responde. Se niega a hacerme caso. Convencida de que sólo puedo contestar que sí, asiento y él, sin miramientos, me da la vuelta entre sus brazos. Me hace caminar ante él hasta el aparador de mi habitación. Me planta las manos en él y me inclina hacia adelante. Después me arranca las bragas de un tirón y yo gimo. No puedo moverme mientras siento que saca la cartera de su pantalón y, de su interior, un preservativo. Se quita el pantalón y los calzoncillos con una mano, mientras con la otra me masajea las nalgas.

Cierro los ojos, mientras imagino que se pone el preservativo. No sé qué estoy haciendo. Sólo sé que estoy a su merced, dispuesta a que haga lo que quiera conmigo. Mis piernas tienen vida propia y hacen lo que él pide mientras me acaricia el trasero con una mano y con la otra se enreda mi pelo para tenerme bien sujeta. Eso me aviva. Luego, me da un azotito exigente. Me agarro al aparador y siento que las piernas me flojean. Él debe notar mi debilidad porque me agarra por la cintura con las dos manos de modo posesivo y comienza a bombear su erecto pene con una intensidad increíble dentro y fuera de mí.

Una y otra vez. De pronto, las embestidas paran de ritmo y su mano abandona mi cadera y baja hasta mi vagina. Mete los dedos en mi hendidura y me busca el clítoris. Eso me hace jadear. Le digo que sí. Quiero que lo haga. Quiero que lo haga ya. No quiero que se vaya. Él lo sabe. Lo intuye y pregunta cerca de mi oreja con su voz ronca. Una nueva embestida hasta el fondo. Jadeo por el placer. Grito de placer ante su nueva penetración. Mi mente funciona a una velocidad desbordante. Sé lo que quiero, así que, sin importarme lo que piense de mí, suplico: Quiero que… Un grito escapa de mi boca al sentir cómo mis palabras lo avivan.

Lo siento jadear. Lo vuelven loco. Agotada y satisfecha, me agarro con fuerza al mueble. Lo siento apoyado en mi espalda y eso me reconforta. Al cabo de un rato me incorporo y suspiro mientras me doy aire. Tengo calor. En esa ocasión soy yo la que se marcha directa a la ducha, donde disfruto en soledad de cómo el agua resbala por mi cuerpo.

Sólo espero que él no esté cuando salga. Mi gesto es un poema. Lo miro. Me mira y, cuando veo que él va a decir algo, levanto la mano para interrumpirlo: Y cuando estoy cabreada mejor que no hables.


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  • Me toma de la mano. Lo carbonizo con la mirada. Frunzo mis ojos y siseo con ganas de arrancarle aquella sonrisita de cabroncete de la boca: Me suelta. Da un trago a su copa y, tras saborearla, susurra: Le voy a… Le voy a dar un guantazo. Pero regresaré mañana a la una. Con un gesto serio que incluso el mismísimo Robert De Niro sería incapaz de poner, lo miró y gruño: No me parece. Que te enseñe Madrid otra española. Y vuelve a hacerlo. Se acerca a mí, pone sus labios frente a mi boca, saca su lengua, recorre mi labio superior y añade: Abro la boca estupefacta y resoplo.

    Quiero mandarlo a que le den por donde amargan los pepinos, pero no puedo. El hipnotismo de sus ojos no me deja. Finalmente, mientras tira de mí en dirección a la puerta dice: Y si me echas de menos, ya tienes con qué jugar. Poco después se va de mi casa y yo me quedo como una imbécil mirando la puerta. Miro el reloj de mi mesilla. Las once y siete. Me tumbo de nuevo en la cama.

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    No quiero saber quién es hasta que, de pronto, una pequeña bomba cae sobre mí y grita: Mi sobrina Luz. Maldigo en silencio, pero luego miro a la pequeña y la agarro para besarla con amor. Adoro a mi sobrina. Pero cuando mis ojos se cruzan con los de mi hermana, mi mirada dice de todo menos bonita. Veinte minutos después y recién salida de la ducha, entro en el comedor en pijama. Entro en la cocina, me siento en la encimera y pregunto: Mi hermana me mira y pone un café ante mí. Sorprendida por sus palabras, me dispongo a contestarle, pero ella baja la voz para que Luz no la oiga y prosigue: Pero no, esto no va a quedar así.

    Te juro que… Necesito un segundo. Tiempo muerto. Levanto la mano y pregunto: Raquel asiente y dice: La pequeña desaparece de nuestra vista. Eso me deja patitiesa. No sé qué decir. Efectivamente, se dice que uno de los síntomas para desconfiar en un hombre es ése. Pero claro, tampoco se puede decir que eso sea una tónica general en todos. Y menos en mi cuñado. Que no, que no me lo imagino. Eso quiere decir mucho.

    Pensar en mi cuñado en plan caliente no me apetece. Entonces, mi sobrina irrumpe en la cocina y pregunta: Al escuchar eso creo morir. Salto de la encimera y se lo quito. Menos mal. Me guardo el jodido pintalabios en el primer sitio que encuentro. En las bragas. La pequeña suelta una risotada y yo me parto. Bendita inocencia. Mi hermana nos mira y mi sobrina dice: Mi sobrina me mira con sus ojitos castaños, tuerce la boca y dice: Es tonta y no la pienso ajuntar en la vida.

    Alicia es la mejor amiga de mi sobrina. Pero son tan diferentes que no paran de discutir, aunque luego no pueden vivir la una sin la otra. Yo soy su intermediaria. Luz resopla y pone sus ojitos en blanco. Me llamó tonta y cosas peores y yo me enfadé. Pero ayer me trajo la película, me pidió perdón y yo no la perdoné. Mi canija y sus grandes problemas. Lo pensaré. Segundos después la pequeña desaparece en el interior de mi piso. Eso me alegra. Media hora después, tras haber despotricado todo lo habido y por haber contra mi cuñado, mi hermana y mi sobrina se van y me dejan tranquila en casa.

    Las doce y cinco minutos. Que salga con la que tuvo la cita anoche. Voy a mi habitación, cojo mi móvil y, sorprendida, me doy cuenta de que tengo un mensaje. Es de Eric. A la una paso a buscarte. Le respondo: Este tío es de todo, menos bonito. Y, antes de que le conteste, mi móvil pita de nuevo. Así que decido responderle: Mi móvil inmediatamente pita de nuevo.

    Dejo el móvil sobre la encimera, pero suena de nuevo. La primera, enseñarme Madrid y disfrutar del día conmigo. Y la segunda enfadarme y soy tu JEFE. Su abuso de autoridad me enardece pero me excita. Con las manos temblorosas, vuelvo a dejarlo sobre la encimera. No pienso contestarle. Y si lo hemos hecho caso mio lo hemos hecho por rabia momentanea. Esas que al dia sigueinte con una llamada al cel se solucionan. Po rque lo peor que puedes hacer en esta vida es arrepentirte de tu pasado, al contrario enorgullecete de el, por que enseña, educa aunque joda , y te hace mas fuerte.

    Lo mejor es no tener ni un sentimiento, ni bueno ni malo, recuerda que no hay peor mal que la indiferencia Y lo se, duele. Lo mejor que puedes hacer es tratar de reconstrruir tu vida, no necesariamente con otra persona aunque suene mas placentero , tienes que empezar por dentro. Como fue ni lo que dijo no lo recuerdo, pero si recuedo como su mirada me repetia una y mil veces esa frase….

    Lore dijo: Ex-Tiquitito dijo: Anónimo dijo: Peor que odiar es olvidar. ANA dijo: Anonimo dijo: Creo que lo megor ubiera sido que no dijeras nada. Odiar es malo? Quien dice? El odio al higual que el amor son sentimientos que nacen en nosotros. No lo creo. Hay personas que se ganan eso y si es cierto que depende de nosotros el control de nuestras emociones, pero no dbes etoquetar hasi las cosas. Es mi opinion.

    Gabriela dijo: Dile te odio a la persona ke amast xq te iso daño naa te arepient x averle dicho te odio ke sepa ke lo odias i ke sient el sufrimient ke vs sentist x eso jiles sn pok hombre. Pl dijo: